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9 de febrero de 2013

Destino Desconocido: Desapariciones misteriosas, Eduardo V de Inglaterra



(1470-1483?)
Hijo primogénito del rey Eduardo IV y de Isabel Woolville, a la muerte de éste fue proclamado rey de Inglaterra; pero como era menor de edad, el gobierno quedó a cargo de una regencia encabezada por su tío Ricardo, duque de Gloucester. El ambicioso Ricardo declaró bastardos a Eduardo y a su hermano menor, los encerró en la Torre de Londres y ascendió al trono. Los dos niños nunca fueron vistos de nuevo y se supuso que permanecían escondidos o que su tío los había asesinado. Dos siglos después, durante la reparación de la Torre, fueron hallados los cadáveres de dos menores y se les dio sepultura real, aunque no hay pruebas de que correspondieran a los hermanos.

21 de enero de 2013

Destino Desconocido: Desapariciones misteriosas, Ambrose Bierce



Escritor y periodista estadounidense, Bierce fue autor de numerosos cuentos en los que destacaba su sentido critico, humor negro y punzante ironía. Su obra más famosa es el diccionario del diablo (1911). En diciembre de 1913 ingresó a México por Ciudad Juárez y se unió a la División del Norte, comandada por el general Pancho Villa. A partir de ese momento ya no se supo nada de su destino. Algunas teorías afirman que murió durante el sitio de Ojinaga, acaecido en enero de 1914. Otras sostienen que fue fusilado en la villa da Sierra mojada, Coahuila. En una carta que envió antes de internarse en México, Bierce decía que ser un “gringo” en este país, era “la verdadera eutanasia”.

15 de enero de 2013

Destino Desconocido: Desapariciones misteriosas, Aimée du Buc de Rivéry

(1776-1817)
Hija de un rico terrateniente francés con plantaciones en La Martinica, fue enviada a Francia para estudiar con las monjas de un convento. A mediados de 1788 viajaba en un barco de regreso a América, pero éste se perdió en altamar al parecer debido al ataque de piratas otomanos. Aquí termina el registro histórico y comienza la leyenda. De acuerdo a ella, la grácil Aimée fue regalada al sultán Abdul Hamid I quien la tomó por esposa como Nakshi-Dill Haseki. Así habría alcanzado el papel de ‘sultana valida’ durante el sultanato de su hijo Mahmud II.


Referencias: wikipedia.

30 de diciembre de 2011

Las grandes piedras de Baalbek

¿Fuerza sobrehumana o poder sobrenatural?
En Baalbek, en una frondosa colina a 85 km de Beirut, Líbano, se yerguen las ruinas de varios templos romanos famosos por la belleza de su arquitectura.
Estos templos, que fueron construidos en el siglo I d. c. en un área elevada, dominan un magnifico paisaje que los circunda. Pero no solo es magnifica la vista: los templos están rodeados por una gran muralla piedra que aun en nuestros días asombra a los expertos.
En el extremo poniente hay tres de los bloques de piedra cortada más grandes del mundo. Transportarlos y colocarlos en su posición horizontal plantearía problemas incluso a los modernos ingenieros, que cuentan con la maquinaria mas avanzada de la tecnología actual. Y sin embargo, esas piedras han estado en esa posición durante casi 2000 años. No obstante la pericia técnica de los romanos, en ninguna otra parte de su antiguo Imperio existe un ejemplo similar de esa desconcertante habilidad. Las grandes piedras de Baalbek son únicas.
Las tres colosales piedras se conocen como el Trilito. Si se colocaran verticalmente, cada pieza seria tan alta como un edificio de 5 o 6 pisos. La mayor mide 19.5 x 4.2 x 3.6 m, mas o menos, y pesa unas 800 toneladas. De la cantera, a 1.6 km de distancia, cada bloque fue llevado hasta Baalbek y alzado unos 7.5 m hasta su posición final, sobre una plataforma de piedras más pequeñas.

Las piedras del diablo
Hoy día, son pocas las grúas que pueden realizar tal hazaña, y sin embargo, las tres piedras fueron colocadas de una forma tan precisa que es imposible insertar una hoja de un cuchillo entre las juntas.
No es de extrañar que en tiempos remotos la gente creyera que las piedras habían sido cortadas y colocadas en su lugar por el diablo. Incluso ahora, algunas personas piensan que este fenómeno tiene alguna explicación sobrenatural.
El misterio se agranda cuando nos enteramos de que en la cantera existe otro enorme bloque, mayor que las piedras que forman el Trilito y con un peso de unas 1000 toneladas. Nadie sabe por que este bloque no se uso jamás en la construcción de los templos, pero hasta la fecha no es satisfactoria la explicación de que era demasiado pesado para gente que ya había cortado, trasladado y colocado los bloques más grandes de la historia del mundo.

30 de noviembre de 2011

Muertes Extrañas


Algunas maneras insólitas de perder la vida

Golpe de caparazón. En el año 456 a.c., Esquilo, conocido como el padre de la tragedia griega, tenía 69 años de edad i vivía retirado en Gela, Sicilia. Un día, mientras daba un paseo por los alrededores, un águila revoloteaba sobre su cabeza en busca de una roca sobre la cual dejar caer y abrir la tortuga que llevaba en las garras. Se dice que el ave confundió la calva de Esquilo con una roca y dejó caer la tortuga, que mató instantáneamente al dramaturgo. Sus amigos recordaron que, años antes, un oráculo había profetizado a Esquilo que moriría por un golpe proveniente del cielo.

18 de noviembre de 2011

Abatida por el Sol

En 1979, la gigantesca estación espacial Skylab 1, de 77 toneladas de peso, circunvolaba la Tierra a una altitud de 435 km. Durante su primer año en el espacio, en 1973, tres tripulaciones sucesivas completaron un programa de investigación que incluía observaciones detalladas del Sol. Después la Skylab siguió por su cuenta.

Entonces su órbita comenzó a debilitarse, cuando la fricción de la atmosfera la volvió poco a poco más lenta. Pero los científicos de la NASA tenían planes para salvarla y evitar que se precipitara a tierra. Una de las primeras misiones de los transbordadores espaciales que iban a ser lanzados al espacio sería intentar colocar la Skylab en una órbita superior, en donde la fricción sería mínima.

Pero el Sol desempeñó un papel inesperado: una serie de explosiones solares perturbaron el campo magnético de la Tierra. La atmosfera se dilató de manera significativa, aumentando la fricción a medida que la Skylab incrementaba su altitud: como resultado, la estación espacial disminuyó su velocidad. En julio de 1979, mucho antes del lanzamiento del primer transbordador espacial, la Skylab se precipito a tierra.

Se desencadenó una alerta internacional a lo largo de la ruta de caída de la Skylab, pues los millares de trozos de restos planteaban la posibilidad de un desastre en gran escala. Afortunadamente los restos cayeron al mar y en zonas despobladas al oeste de Australia. Así termino el vuelo de 140 millones de kilómetros de la nave espacial más perfeccionada de su época, que llevaba equipo por valor de muchos millones de dólares.

7 de septiembre de 2011

Venganza en las grandes llanuras


El jinete fantasma que aterrorizaba Texas
A mediados del siglo XIX, la región de los alrededores del rio Nueces, en el sudoeste de Texas, era muy conocida por sus caballos salvajes, llamados mustang. También era famosa por la espectral figura que vagaba por sus alrededores, un jinete en un garañón salvaje negro azabache.
El jinete vestía como vaquero mexicano: chaparreras de cuero, chaqueta de piel de venado y un sarape bastante deshilachado sobre los hombros. Pero arriba del cuello no tenía cabeza. Ésta, con todo y sombrero, estaba sujeta a la cabeza de la silla de montar, desde donde miraba con ojos vacuos las planicies. Esta horripilante aparición en su cabalgadura podía presentarse en cualquier momento del día, galopando a campo traviesa. El jinete siempre estaba solo, pues los demás caballos lo eludían.
No había duda alguna de su existencia: demasiadas personas lo habían visto y algunas incluso le habían disparado. Muchos colonizadores afirmaban que sus balas habían ido a parar directamente al caballo salvaje, que aparentemente era invulnerable a las balas. Que podía ser esa misteriosa aparición?
El demonio disfrazadoAlgunos dijeron que el jinete estaba vivo: quizá se trataba de algún forajido que pretendía, con su aspecto fantasmal, alejar a los curiosos. Otros afirmaban que se trataba del mismísimo demonio. Otros más insistían en que el vaquero era un fantasma que cuidaba la mina de oro perdida de la abandonada misión de la Candelaria, junto al Nueces. Una opinión más terrenal decía que se trataba simplemente de un espantapájaros que los cazadores de caballos habían amarrado a un garañón. Este, asustado, perseguía a las yeguas y la haría huir en estampida cuando viera al jinete. El pánico contagiaría a toda la manada y, una vez que los caballos hubieran corrido hasta agotarse, no podrían ofrecer mucha resistencia a sus perseguidores. Por fin algunos jinetes que recorrían la zona del Nueces decidieron poner fin al misterio y atrapar al jinete fantasma. Media docena de ellos se dirigieron a un aguaje de la localidad y lo esperaron.La verdad sele a floteCuando avisaron al caballo, los hombres abrieron fuego contra él, que se desplomó, muerto. Los jinetes se acercaron lentamente al animal caído: al fin se resolvería el misterio del jinete sin cabeza. En el lomo del caballo encontraron el cuerpo desecado de un mexicano acribillado a balazos. Debajo del sombrero hecho pedazos había un cráneo, apergaminado por el sol. El vaquero fantasma ya no era un fantasma, pero quién era? Se cuenta que se llamaba Vidal, y había sido un ladrón de caballos que robaba desde el Rio Bravo (Grande) hasta más allá de Louisiana. Un día en 1850 robo algunos caballos que pertenecían a Creed Taylor, rudo veterano de la guerra con México, quien persiguió a Vidal por medio territorio de Texas antes de emboscarlo cerca del rio Nueces. Uno de los hombres de Taylor, conocido como Bigfoot Wallace, sugirió que ataran el cadáver de Vidal a un garañón salvaje, y que para espantara a los demás cuatreros, lo dejaran vagar por el campo. Todo parece suponer que Taylor agregó u toque macabro al decapitar el cadáver, amarrarle el sobrero a la cabeza y fijar ésta a la silla. Entonces dejaron en libertad al caballo salvaje que se alejó encabritándose y corcoveando, con el cuerpo de Vidal a cuestas, rumbo a un largo viaje hacia la leyenda.

27 de junio de 2011

El hombre que vivía en una caja

Un lugarcito acogedor.

Para la mayoría de la gente, el pensar en vivir en una caja de apenas de 90 cm de ancho, 1.20 m de largo y 1.50 m de alto bastaría para sufrir un ataque de claustrofobia. Pero así es como el inglés Alexander Wortley, decidió vivir hasta el año de su muerte a los 80 años de edad en el año de 1980.

El “hogar” de Wortley parecía un carro remolque en miniatura. Salvo el techo, que tenía forma de arco y estaba hecho de metal, la caja estaba hecha de madera y se asentaba en cuatro ruedas pequeñas. Dentro tenía un viejo asiento de autobús, con un estribo para los pies, y varias repisas para acomodar alimentos y objetos personales.

No obstante las evidentes inconveniencias de un hogar tan pequeño, para Wortley tenía sus ventajas. En primer lugar, podía viajar en la extraña estructura de madera y metal por todo el país, deteniéndose en donde le pareciera. Al adoptar ese modo de vida, también podía evitar los indeseables contactos con el gobierno: como era independiente a ultranza, se negaba a pagar impuestos de ningún tipo, pero tampoco esperaba recibir dádivas ni pensión de ninguna especie. Wortley fue un hombre de ideas peculiares. Una de ellas era la profunda desconfianza que le inspiraban los cierres de cremallera; invariablemente se los quitaba a cualquier pantalón, ya que no le gustaba tener objetos dentados cerca de las partes sensibles del cuerpo.

Su lenguaje era excéntrico, pues sufría de asociación fonética: una palabra lo hacía recordar otra, por lo general desvinculada de ella, y su conversación daba giros extraños, de poco sentido para los demás.

Wortley pasó los últimos años de su vida como guardián de una solitaria quinta campestre. El hecho de tener un trabajo regular no lo hizo abandonar su estilo de vida: simplemente estacionó su caja en el fondo del jardín.

12 de abril de 2011

La muerte voladora


Un veneno mortífero, benéfico para la medicina.
El más leve rasguño del dardo de punta envenenada lanzado por una cerbatana de un indígena de la cuenca del Amazonas matará en cuestión de pocos minutos. Paradójicamente, en medicina se utiliza este mismo veneno, el curare, para salvar vidas
El poder de esta sustancia tanto para matar como para salvar vidas radica en su capacidad de inmovilizar totalmente los músculos voluntarios.
Potencia medida por los árboles.
La “muerte voladora” o curare ha sido utilizada por los indígenas de Sudamérica durante miles de años. Cuando esta sustancia se introduce en la corriente sanguínea, sus propiedades letales son indiscutibles. NO afecta al corazón, pero al llegar a los músculos que controlan la respiración, los paraliza totalmente. Las víctimas se sofocan, conscientes de su destino. El curare mata a un pájaro pequeño en segundos, a un hombre en 5 minutos y a una res de 500 kg en media hora.
Uno de los primeros exploradores de la cuenca amazónica afirmó que, en cierta tribu. La elaboración del veneno correspondía a las mujeres más feas y viejas; los indígenas consideraban que el veneno estaba listo cuando por lo menos una de las mujeres había muerto por inhalar los vapores.
Tal vez sea más fidedigno el relato de que muchas tribus amazónica clasifican el curare según el número de árboles que salta un mono herido por un dardo envenenado antes de caer muerto. El curare de un solo árbol es el adecuado para la cacería; el de tres árboles es muy débil.
Los expertos en venenos de la tribu son los que elaboran el curare; se sabe que en la mezcla incluyen colmillos e hígado de serpientes venenosas, grandes arañas, alas de murciélago y mandíbulas de hormigas.
Enredadera mortal
Pero el elemento mortífero proviene de la corteza de una planta trepadora: la Strychnos toxifera. Primero los indígenas le quitan la corteza y la muelen; después filtran el agua fría a través de la pulpa fibrosa y hierven el licor resultante para concentrarlo. Finalmente, le añaden la salvia de un árbol para obtener un líquido espeso que se adhiere a las puntas de los dardos.
Los indígenas de la cuenca del Amazonas usan los dardos con cerbatanas de tres metros de largo, hechas con cañas metidas en tallos de bambú. Cada dardo mide unos 25 cm de largo; en un extremo tiene una punta tan afilada como la de una aguja y en otro lleva enrollado algodón silvestre a fin de que ajuste bien en el tubo. Un buen tirador de cerbatana es capaz de lanzar a 90 m de distancia un dardo mortal.
Del veneno a la anestesia.
El curare se conoció en Europa cuando los exploradores del siglo XVI informaron sobre sus efectos, pero las selvas del Amazonas eran tan inaccesibles que los científicos no pudieron investigarlo a fondo antes de mediados del siglo XIX.
En 1510 Juan De la Cosa, ex-geógrafo de Colón, murió a causa de una flecha cuya punta estaba untada con pasta de curare, disparada por cerbatana.
Para 1595 Sir Walter Raleigh escribe la primera descripción de la raiz tupara de la planta Strychnos toxifera y su producto el urari (ourari), conocida más tarde como curare.
En 1856, el biólogo y fisiólogo francés Claude Bernard, menciona en su libro de lecturas "Leçons sur les effets des substances toxiques et medicamenteuses" (1857) que el efecto del curare era debido al bloqueo funcional de la placa neuromotora.
En 1865, Preyer consiguió la primera forma purificada y cristalizada de curare, a la que denominó curarina.
En 1847, los experimentos demostraron cómo actuaba el curare y cómo podía mantener viva a una víctima de envenenamiento por esta doga se le daba respiración artificial. Pero el ingrediente activo no se conocía aún, y la potencia del curare importado de Sudamérica era demasiado variable para producir resultados predecibles.
La primera administración de curare en una anestesia general fue 1912 en un hospital de Leipzig, por el cirujano alemán Arthur Läwen quien administró curarina obtenida a partir del curare de calabaza a 7 pacientes sometidos a anestesia general, para facilitar el cierre de la pared abdominal. Läwen fue el primero en estudiar el curare en experimentación animal, el primero en administrarlo a humanos, y en observar su efecto beneficioso como relajante muscular durante la anestesia general. Läwen dejó de usar el curare por culpa de fallos en el suministro de la sustancia y aunque los resultados fueron publicados en 1912 su contribución a la historia de la anestesia se pasó por alto.
En 1917, el Servicio Secreto inglés evitó la consumación de un atentado contra el primer ministro David Lloyd George. Los conspiradores iban a eliminar al mandatario lanzándole dardos impregnados con curare.
La introducción del curare en la anestesia clínica general ocurrió en 1928 cuando el Dr. Francis Percival de Caux, de origen neozelandés utilizó curare en siete pacientes cuando laboraba como anestesista en el Hospital Middlesex de Londres. Su trabajo no fue ampliamente publicitado y al igual que sucedió con Arthur Läwen, esta contribución para la historia de la anestesia ha sido pasada por alto por la mayoría de los autores.
En 1935, el médico inglés Harold King identificó el agente paralizador del curare; ese mismo año Guillermo G. Klung, un botánico alemán, identificó la planta que es la fuente del agente. Después de eso, la industria ya pudo producir un curare con potencia estándar y quedó abierto el camino para aplicarlo a la medicina.
En 1938 Abraham Elting Bennett usa por primera vez el curare para prevenir el trauma sostenido en pacientes a quienes se les aplica terapia con electrochoques y por administración de pentilenotetrazol (Cardiazol) y así evitar fracturas y luxaciones.
La primera investigación acerca de la fuente del curare en el Amazonas fue hecha por Richard Evans Schultes en 1941. Schultes descubrió que tipos diferentes de curare poseían hasta 15 ingredientes y con el tiempo ayudó a identificar más de 70 especies que producían la droga.
Posteriormente, el 23 de enero de 1942, y gracias al Dr. Harold Randall Griffith y a la Dra. Gladys Enid Johnson, ambos de Canadá, el curare se utilizó con éxito en un paciente al que se le practicó una apendicectomía.
Durante algún tiempo en los años 40, el curare fue utilizado como «anestésico» en operaciones realizadas a niños, de modo que, paralizada la acción de los nervios sobre los músculos, la agonía que realmente experimentaban no tenía modo de hacerse manifiesta al cirujano en esa época.1 También se ha empleado en tratamiento de convulsiones o espasmos musculares, en síndromes neurológicos que cursan con hipertonía muscular. Actualmente su única utilización es en anestesia para obtener una relajación muscular durante la cirugía. Los relajantes musculares que se utilizan hoy en anestesia ya no son derivados de la D-tubocurarina sino sintetizados artificialmente y con un mejor perfil farmacológico como son: el Vecuronio, el Atracurio, el Cisatracurio o el Rocuronio.

28 de marzo de 2011

Bebida Divina


Según la leyenda popular, la primera creatura que experimentó los efectos estimulantes del café fue una cabra.
Hace muchos años, Kaldi, un joven pastor árabe, advirtió que las cabras saltaban a su alrededor de una manera extraña. Observó que ese comportamiento inusitado ocurría después de que los animales se habían comido las bayas rojas de un árbol poco común. Kaldi, curioso, se comió algunas bayas y comenzó a danzar con los animales.
Sueño profético
Un día un santón musulmán se detuvo a observar al grupo, que brincaba ágilmente. Escuchó la historia de Kaldi y desconcertado, regresó a su mezquita. Esa noche, después de muchas horas de rezar a Alá, se quedó dormido. En el sueño se le apareció el profeta Mahoma, quien le ordenó que reuniera las bayas de Kaldi y las hirviera en agua; la poción resultante mantendría despiertos a las que fueran a orar a la mezquita. Alá estaba irritado por que no oía las oraciones de los fieles, sino sólo sus ronquidos, dijo Mahoma. El santón obedeció el mandato de Mahoma y la cocción fue todo un éxito: la mezquita se hizo famosa por sus prolongadas e infatigables sesiones religiosas.
La fama del elixir se extendió más allá de los templos del Islam. Al poco tiempo, la bebida se encontraba en casi todos los hogares árabes. Como el profeta Mahoma había prohibido el vino, la deliciosa bebida nueva era realmente una bendición, y los árabes lo llamaron vino de Arabia. El nombre árabe del vino es qahway, palabra que finalmente evolucionó a café.
En el siglo XVI los árabes descubrieron que el cafeto guardaba otro secreto: las bayas rojas contenían semillas verdes. Entonces dejaron secar, tostaron, molieron e hirvieron esas semillas en agua y colaron por telas de seda el líquido resultante, que después se volvía a calentar y se servía en tazas de loza con canela o clavo.
Pronto los fieles del mundo islámico cambiaron los templos por las cafés, en donde también se les ofrecían cantos, danzas y juegos. Sumamente alarmados, prominentes jefes religiosos opinaron que el café era una bebida tan impía como el vino y prohibieron su consumo.
Sin embargo, el califa de el Cairo, que era descendiente de Mahoma y gobernante de de buena parte del mundo islámico, era un habitual consumidor de café, y cuando se enteró del decreto, inmediatamente lo abolió.
Gracias a su diligente reacción, el consumo de café floreció de nuevo. Con el transcurso del tiempo, la bebida fue descubierta por los comerciantes europeos que, en el siglo XVII, comenzaron a llevarla en grandes cantidades para refrescar –y estimular- a Occidente.

10 de marzo de 2011

Tras la pista de una enfermedad asesina

La causa, improbable. Del cólera.
El 14 de septiembre de 1854 las angostas calles del Soho londinense, por lo regular un barrio bullicioso, estaban extrañamente desiertas. En la esquina de cada calle ondeaban banderas amarillas, y por todas partes había charcos de cloruro de cal, de un color blanco lechoso. Reinaba una quietud fantasmal.
Desde hacía varios días, centenares de personas habían muerto de cólera, una de las enfermedades más devastadoras y menos conocidas de esa época. Las banderas amarillas advertían la presencia de la plaga, y el cloruro de cal era un intento desesperado de desinfección. Después de hacer esfuerzos por detener el mal, la mayoría de los aterrorizados habitantes del Soho habían
huido. Los hospitales locales desbordaban moribundos, y el clímax de la enfermedad se registraron 143 fallecimientos en un solo día.
Había tantos cadáveres que, sin ceremonia, los amontonaban en carretas y los llevaban a enterrar.
La enfermedad del misterio
En aquella época la opinión de los médicos estaba dividida en cuanto a la causa de la enfermedad.
Muchos sostenían que el aire putrefacto la diseminaba por los barrios sobrepoblados de los pobres. Otros opinaban que la altura sobre el nivel del mar era importante: cuanto mayor fuera la altitud, más puro sería el aire. Cierta autoridad afirmó que la gente de pelo oscuro era más vulnerable que la rubia o pelirroja. La triste realidad era que nadie sabía cómo evitar o curar la enfermedad.
El doctor John Snow, que vivía cerca del Soho, había participado en el debate acerca del cólera en 1848, durante la epidemia anterior. Snow era una autoridad reconocida en cuestiones respiratorias y dudaba que el cólera fuera algo que la gente inhalara.
El cólera se manifiesta primero como trastorno estomacal, refería y pensaba el doctor Snow, por lo tanto era razonable concluir que lo que el llamaba “veneno” del cólera tenía que ser algo que entrara por la boca.
Los síntomas principales eran vómito y diarrea, seguidos por espasmos y calambres en las
piernas. La gente no acostumbraba a lavarse las manos antes de comer, así que cualquiera que estuviera en contacto con un enfermo podía ingerir fácilmente el “veneno” con los alimentos. Y en un barrio como el Soho, lleno de excusados con fugas y de letrinas desbordantes, había grandes posibilidades de que la enfermedad pasara directamente al abastecimiento local de agua potable.
Pero ¿por qué el cólera había estallado en proporciones epidémicas en el Soho?
Snow advirtió que el brote del Soho estaba limitado a una zona pequeña. En el centro, en la calle Broad, una vieja bomba proporcionaba agua a la comunidad.
Irónicamente. La bomba de calle Broad, alimentada por un pozo, tenía una reputación excelente por la pureza del agua. A pesar de que había cañerías para suministrar el líquido, mucha gente prefería usar la bomba local, y muchas familias dependían de ella los fines de semana, cuando se cerraban las cañerías. Al deducir que la bomba era la responsable del brote de cólera, Snow convenció a las autoridades locales que la clausuraran, cosa que hicieron el 7 de septiembre.
El 11 de septiembre la epidemia casi se había extinguido, después de haber cobrado más de 500
vidas. Entonces las autoridades dieron orden de investigar las causas. El párroco local, el reverendo Henry Whitehead, fue el más dedicado investigador. Totalmente contrario a la teoría de Snow, Whitehead estaba decidido a demostrar que el médico estaba equivocado.
Snow había advertido que el brote de cólera solo alcanzaba a varias calles, las cuales se surtían de esta bomba, y las fabricas, que aunque cercanas, la cervecería y otras casas, no había brotes de esta, y que algunos miembros de una fabrica de la misma calle Broad habían enfermado y muerto
al consumir agua de este pozo y la viuda del dueño de esa fabrica que aun viviendo a varios kilómetros, mandaba todos los días por una botella de agua.
La prueba final
Whitehead, el oponente de Snow, proporcionó la estadística final. De 137 personas que vivían en la calle Broad y usaban la bomba, 80 habían muerto. De 297 que no tomaron de esa agua, sólo 20 enfermaron. Ante esa prueba, Whitehead se puso del lado de Snow.
Aun ante estas pruebas, la comunidad médica no se convencían de que las letrinas fueran el origen del problema. Fue Whitehead quien dio a conocer la prueba fina: 40 días antes del comienzo de la epidemia, un recién nacido, había muerto por cólera, su madre lavó los pañales en el excusado de su casa y descubrió que este tenía fugas que iban a dar al pozo que alimentaba la bomba de la calle Broad.
Hasta 1884, el microbiólogo, Robert Koch de Alemania, descubrió la causa directa del cólera: el Spirillium Cholerae, ahora conocido como Vibrio Cholerae. Un bacilo con el comportamiento similar al “veneno” hipotético del cólera que describió Snow.

6 de marzo de 2011

1665: La Gran Peste de Londres


Antecedentes: El verano de 1665 transcurría caluroso y las altas temperaturas dificultaban la vida en una urbe con elevada densidad poblacional a consecuencia de las grandes migraciones de campesinos. La metrópoli carecía de una adecuada infraestructura sanitaria y en las zonas de mayor pobreza la basura se acumulaba en las calles junto con los desechos humanos; no existía un sistema de drenaje. Tales circunstancias resultaban propicias para la multiplicación de microorganismos infecciosos, como la Yersinia pestis, responsable de la peste, quizá introducida por unos marineros holandeses. Por otra parte, también fomentaban una abundante población de ratas, cuyas pulgas sirven como vectores del bacilo. De esta manera, los primeros casos de la enfermedad aparecieron en las zonas más pobres, donde había más ratas que en cualquier otra zona de la ciudad. La gente creía que el peligro radicaba en los perros y en los gatos callejeros, por lo que se realizaron inútiles campañas de exterminio.
Origen: los primeros signos del mal fueron una serie de manchas rojas que aparecieron en la piel de las víctimas. En sólo unos días algunas de estas anormalidades, situadas en las axilas y las ingles se inflamaban y se llenaban de pus. Las personas sufrían dolores muy intensos en el área y una descompensación de su estado general, con fiebre, sudoración y escalofrío. Poco después fallecían. La primera explicación que se dio a estos casos retomaba la vieja teoría de los miasmas, el aire contaminado por la insalubridad. Por esa razón uno de los primeros tratamientos consistió en dar oler flores y esencias, todos estos promovidos por charlatanes. En pocas semanas los casos se multiplicaron y comenzó la epidemia. Las personas más acaudaladas de Londres decidieron abandonar la ciudad y trasladarse al campo, donde no había llegado el brote de la peste. El propio rey Carlos II y su familia tomaron esa decisión. La gente más humilde no pudo recurrir a esa alternativa pues, por una disposición de las autoridades, les quedaba prohibido abandonar su área de residencia, al menos que contaran con un salvoconducto; las principales víctimas de la peste fueron los pobres.
Para evitar que el mal se propagara, los responsables del gobierno dispusieron que si una persona enfermaba, su familia debía permanecer confinada en su domicilio por 40 días, y además el acceso de cualquier otra persona era impedido. Las entradas de las casas se marcaba con una cruz roja para advertir el peligro del interior. Entonces comenzaron a surgir improvisadas “enfermeras” que a cambio de dinero se encargaban de llevar alimentos a las casas de los pacientes; pero eran incapaces de prestarle cualquier ayuda médica y los despojaban de sus pertenencias. Conforme la epidemia avanzó, surgió otro problema: el manejo de los cadáveres. Se puso en marcha un sistema de recolección más o menos efectivo y las autoridades daban recompensa a cualquier persona que entregara los cuerpos. Éstos eran depositados en grandes fosas comunes.
Consecuencias: desde el mes de julio, cuando inició la epidemia, las cifras de víctimas por semana fueron en aumento, como revelaban los reportes oficiales que se emitían en cada zona. Inicialmente eran mil cada 8 días, luego se elevaron a dos mil y en septiembre de 1665, la etapa más crítica, morían casi 8,000 personas por semana. A partir de octubre los caos empezaron a disminuir y algunas personas, entre ella el rey y su familia, regresaron a Londres. Mientras tanto, la epidemia se había extendido a Francia a través de la marina mercante. Al año siguiente aún se presentaron casos aislados en Londres hasta sumar un total de casi 100,000 víctimas. El remedio definitivo a este brote de peste fue otro desastre: el gran incendio de Londres ocurrido entre el domingo 2 y miércoles 5 de septiembre de 1666. Iniciado en una panadería, en solo 3 días consumió los hogares de casi 100,000 personas y destruyó tres cuartas partes de la ciudad. Sin embargo, ocasionó pocas muertes; por otra parte, acabó con los principales focos de contaminación que habían causado la peste. Ahora conocemos los detalles de estos eventos gracias a dos obras clásicas de la literatura: El diario del año de la peste por Daniel Defoe, y el Diario, de Samuel Pepys.

Extraído de revista Muy Interesante julio 2008 pagina 38.
Imagen de La Plaga de Justiniano.

17 de febrero de 2011

Un heroico sacrificio inútil


A principios de septiembre de 1665, el sastre George Viccars en su cabaña de Eyam, aldea cercana Sheffield, Inglaterra recibió un paquete proveniente de Londres que contenía ropa. Como ésta se encontraba húmeda, la colgó a secar junto a su chimenea.
Días después cayó gravemente enfermo con fiebre, dolor de cabeza y ganglios inflamados; la piel se lleno de llagas malolientes y comenzó a sufrir delirios. Murió al cabo de una semana.
Para fines de ese mismo mes, otras cinco personas de su barrio murieron, y en los tres primeros días de octubre hubo cuatro víctimas más. A fines de mes la cifra de muertos ascendía a 23. Se sospechaba de la peste, más aun se desconocía y dudaba acerca de cómo podía transmitir y sobre todo como ser curada.
Una solución desesperada
El tratamiento para esta enfermedad era burdo e ineficaz, así que esta enfermedad se extendió inevitablemente por ciudades y aldeas. La aparición de cualquiera de los síntomas indicaba una muerte segura.
El pánico cundió rápidamente entre los aldeanos, por lo que muchos se dispusieron a abandonar Eyam. Temiendo que el éxodo sólo propagaría aún más la enfermedad en la región, los sacerdotes de la aldea, William Mompesson y Thomas Stanley, decidieron detenerlo.
En un sermón exhortaron a sus conciudadanos a reconocer que su deber era quedarse allí hasta que la epidemia pasara. Inspirados por el valor y el ejemplo de los religiosos, los aldeanos de Eyam se aislaron del resto del mundo.
Acordonaron con piedras los linderos de la aldea y no permitieron que nadie los traspasara. Los alimentos y ropa que llegaban de otros pueblos tenían que ser colocados a un lado de los improvisados muros, y se pagaban con monedas desinfectadas con vinagre y agua.
El pánico aumentó conforme transcurrieron los meses. Para finales de agosto de 1666, habían perecido dos terceras partes de la población, y no había ya servicios fúnebres formales; cuando ya no hubo espacio en el cementerio, se enterró a los muertos en jardines y huertos.
La iglesia cerró sus puertas para reducir el contagio, pero los piadosos se reunieron, cada vez menos, al aire libre, rogando a Dios que los librara de su sufrimiento.
Sus súplicas fueron escuchadas en noviembre de 1666, cuando ya no hubo más víctimas de la peste. De los 350 habitantes de la aldea sólo sobrevivieron 90, entre ellos los dos sacerdotes.
¿Pero como llego la peste hasta la remota aldea de Eyam? La ropa que recibió el sastre Viccars proveniente de Londres contenía también pulgas que transmitían la enfermedad. Los piojos y las pulgas eran compañía habitual de la gente que vivía en el siglo XVII, así que el infortunado sastre no dio gran importancia a la picadura de estos insectos. Con este acto inocente Viccars desató sobre su comunidad la más temida enfermedad de esa época.
El aislamiento auto impuesto de los habitantes de Eyam fue un genuino acto de heroísmo, pero por desgracia también fue un sacrificio inútil. Si los habitantes hubieran hecho caso a su instinto de huir al inicio de la epidemia, habrían privado de sangre humana a las pulgas y quizá hubiese sobrevivido la mayor parte de la comunidad.

9 de febrero de 2011

Para alumbrar el mundo


La brillante historia del alumbrado público.
El 4 de junio de 1807, la bien conocida Pall Mall de Londres fue escenario de un gran acontecimiento: fue la primera calle del mundo que tuvo alumbrado de gas. El hombre que estaba tras esta maravilla era un empresario de origen alemán, Frederick Winsor. Las luces, que eran parte de las celebraciones del natalicio del rey Jorge III, pronto formaron parte de la vida cotidiana en todas las grandes ciudades.
Hoy día, puede resultar difícil para la mayoría de nosotros imaginar cómo era la vida antes de que hubiera iluminación en las calles. Una vez que caía la noche la oscuridad era completa, salvo por alguna vela que brillaba en una ventana o por la antorcha solitaria de algún transeúnte. La principal fuente de iluminación era la luna, que proporcionaba una iluminación intensa solo unos cuantos días al mes.
La mayoría de la gente se quedaba en casa cuando caía la oscuridad, pues era difícil encontrar el camino correcto y, además, la noche encubría a los delincuentes. Era tan peligrosa que el poeta romano Juvenal advertía que era altamente arriesgado salir de noche sin haber hecho testamento.
En el siglo XV empezó a haber cierto alumbrado en las calles de Europa. En 1416, el corregidor de Londres, Sir Henry Barton, ordenó que cada propietario colgara linternas fuera de su casa en las noches de invierno. En 1461, el rey Luis XI de Francia impartió instrucciones similares a los patriotas en aras de la seguridad.
A finales del siglo XVII, en Inglaterra se había progresado poco. En Londres, sólo una de cada diez casas estaba iluminada con una lámpara de aceite, y en casi ninguna ciudad había alumbrado público.
En Estados Unidos, en las principales calles de Nueva York y otras ciudades había lamparas de aceite de ballena clavadas en postes; aunque ampliamente distribuidas por toda la ciudad, hubo quejas por lo deficiente del alumbrado.
Ideas luminosas
En el siglo XIX, la invención del alumbrado de gas alteró considerablemente la situación. Por fin una tecnología permitía a la gente transitar por la noche con mayor seguridad. A pesar de las objeciones de quienes afirmaban que asustaría a los caballos, en 1830 el alumbrado de gas de las calles fue adoptado en gran escala en Nueva York y en la mayoría de las ciudades europeas.

24 de enero de 2011

Mundo Anillo


Supongo que todos estamos familiarizados con una de las mejores sagas de videojuegos tipo shooter y de primera persona de los últimos tiempo, Halo.
No entraré en detalles de este, pues ya es conocido por muchos, pero en que si quiero entrar un poco es el mundo anillo en Halo, que presentan.
La idea de un mundo anillo de ese tipo no es reciente, Larry Niven en 1971 escribió un libro llamado Ringworld, el cual lo describe en forma semejante al juego.
Pero este a su vez esta basado en un proyecto científico serio de la década de 1960.
En 1960, Freeman J. Dyson, profesor de astronomía de la universidad de Princeton, comentó que una sociedad extraterrestre, presionada por la sobrepoblación y el agotamiento de sus recursos, podría desintegrar uno de los planetas deshabitados de su sistema solar y construir con los restos una serie de mundos artificiales que rodearan completamente al sol. En nuestro propio sistema solar, un planeta de las dimensiones de Júpiter podría servir como cantera de la cual crear mundos habitables.
La factibilidad de este complejo proyecto pronto fue estudiada por otros científicos. Uno de ellos, Theodore Taylor, que era profesor de Princeton, incluso concibió una nave “trineo”.
Combinación de recolector de basura y fabrica, la nave, manejada por control remoto, viajaría por el espacio recogiendo y transportando rocas, gases y líquidos del cinturón de asteroides o de Júpiter desintegrado. Después de analizarlos, los compondría en sus elementos constituyentes. Mediante la fusión nuclear, incluso el hidrogeno básico que compone la mayor parte de Júpiter podría convertirse en otros elementos y en cualquier manufactura que los programadores desearan. Uno de esos productos podrían ser una serie de planetas artificiales, o la materia prima necesaria para construir un mundo anillo alrededor del Sol.
El mundo anillo giraría alrededor del Sol a la misma distancia que la Tierra, de modo que existieran las mismas condiciones climáticas. La circunferencia de este mundo artificial sería tan grande como la orbita de la Tierra, así, que al hacerla girar, crearía un campo gravitacional, pero a diferencia de la Tierra, donde vivimos en la superficie exterior, los habitantes del mundo anillo vivirían en la superficie interior, de frente al Sol. Para crear la noche y el día, un anillo estacionario formado por cuadros produciría sombra a medida que el mundo anillo girara, bloqueando la luz solar cada 12 horas.

21 de diciembre de 2010

Corteza de cortezas

Un remedio legendario
Según la leyenda, la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, fue la primera europea curada del paludismo. Como cada acceso de fiebre y escalofrío la acercaba más a la muerte, el angustiado conde suplicó al médico de la corte que la salvara. Pero en 1638 el único remedio facultativo era practicar una sangría, lo que debilitaba más a la enferma. Su última carta fue recurrir a la medicina de los indígenas, quienes curaban la fiebre utilizando una poción hecha con la corteza de un árbol de los Andes.
La condesa sobrevivió al ataque de paludismo y, según nos cuenta la historia, llevó consigo el medicamento milagroso cuando regresó a Europa hacia 1640. Sea o no cierto el relato, el naturista sueco del siglo XVIII Carolus Linneo si lo creyó y bautizó a la corteza con el nombre de Chinchona.
Sin embargo, lo más probable es que hayan sido los jesuitas, y no la condesa, quienes llevaron a Europa la chinchona o quina. Cuando en el siglo XVI los jesuitas establecieron misiones en América, descubrieron que los indígenas curaban la fiebre. Enviaron unas muestras de corteza a Europa y ya hacia 1650 la embarcaban con regularidad. Uno de ellos fue Juan de Lugo.
Durante años, el hombre había buscado el origen de esta fiebre mortal. En una época se pensó que se originaba de los vapores malsanos que se elevaban de pantanos y marismas, de donde se derivó “malaria” aire malo. Pero no fue hasta 1880 que el francés Charles Laveran descubrió que la fiebre y los escalofríos agotadores, característicos de la enfermedad, eran causados por parásitos esparcidos por todo el mundo, aunque su mecanismo de transmisión la descubrió Sir Ronald Ross

Multitud desagradecida.
El remedio a tal enfermedad, en vez de haber sido bien recibido, fue rechazado por la mayor parte de la Europa protestante del siglo XVII; se afirmaba que “la corteza de los jesuitas” era una conspiración papista. En Londres, los alborotadores llenaron las calles y propagaron el rumor de que dicha corteza era parte de una conspiración católica para exterminar el protestantismo. Incluso se llegó a afirmar que los jesuitas trataban de envenenar al rey. Mientras tanto, los médicos doctos desdeñaron el remedio, calificándolo de remedio casero.
El parlamentario inglés Oliver Cromwell, puritano, constituye un ejemplo del prejuicio en contra de los jesuitas, pues toda su vida padeció de ataques recurrentes de paludismo; finalmente, prefirió morir a causa de la enfermedad antes de tomar lo que llamaba “polvo del diablo”.
Pero apenas 20años después, Carlos II “el monarca risueño” de Inglaterra, no dudó en mandar llamar a un charlatán londinense, Robert Talbor, conocido entre los ricos por sus curaciones de paludismo. Talbor se mofaba de los jesuitas públicamente, mientras en secreto hacía sus preparaciones a base de la corteza de los jesuitas.
Talbor no solo curó de paludismo al rey, sino que fue nombrado caballero por sus esfuerzos y por orden del rey, convertido en miembro del prestigiado Real Colegio de Médicos. La reputación de Talbor se extendió al extranjero. En 1679 lo mandó llamar Luis XIV de Francia, cuyo hijo y heredero tenía paludismo. Después de curarlo, Talbor fue recompensado con una pensión vitalicia más 3,000 coronas de oro por la receta, que el rey prometió conservar en secreto mientras Talbor viviera. Al morir Talbor en 1681, el rey francés reveló la formula: 6 dracmas de hoja de rosal, 2 onzas de jugo de limón y una fuerte infusión de la corteza de los jesuitas administrada con vino. El vino era necesario, pues los alcaloides que contiene la corteza son insolubles con el agua, pero muy solubles con el alcohol.
Cuando la receta se hizo pública, la curación de los jesuitas fue finalmente aceptada por la ya ansiosa profesión médica.
Pasaron más de 100 años para que 2 médicos franceses, Joseph Pelletier y Joseph Caventou, aislaran en 1820 el alcaloide contenido en la corteza de los jesuitas, que es el agente curativo de esta. La llamaron quinina, derivada de la palabra quechua quinquina, “la corteza de cortezas”.