9 de febrero de 2013
Destino Desconocido: Desapariciones misteriosas, Eduardo V de Inglaterra
21 de enero de 2013
Destino Desconocido: Desapariciones misteriosas, Ambrose Bierce
15 de enero de 2013
Destino Desconocido: Desapariciones misteriosas, Aimée du Buc de Rivéry
Referencias: wikipedia.
30 de diciembre de 2011
Las grandes piedras de Baalbek
30 de noviembre de 2011
Muertes Extrañas

Algunas maneras insólitas de perder la vida
18 de noviembre de 2011
Abatida por el Sol

En 1979, la gigantesca estación espacial Skylab 1, de 77 toneladas de peso, circunvolaba la Tierra a una altitud de 435 km. Durante su primer año en el espacio, en 1973, tres tripulaciones sucesivas completaron un programa de investigación que incluía observaciones detalladas del Sol. Después la Skylab siguió por su cuenta.
Entonces su órbita comenzó a debilitarse, cuando la fricción de la atmosfera la volvió poco a poco más lenta. Pero los científicos de la NASA tenían planes para salvarla y evitar que se precipitara a tierra. Una de las primeras misiones de los transbordadores espaciales que iban a ser lanzados al espacio sería intentar colocar la Skylab en una órbita superior, en donde la fricción sería mínima.
Pero el Sol desempeñó un papel inesperado: una serie de explosiones solares perturbaron el campo magnético de la Tierra. La atmosfera se dilató de manera significativa, aumentando la fricción a medida que la Skylab incrementaba su altitud: como resultado, la estación espacial disminuyó su velocidad. En julio de 1979, mucho antes del lanzamiento del primer transbordador espacial, la Skylab se precipito a tierra.
Se desencadenó una alerta internacional a lo largo de la ruta de caída de la Skylab, pues los millares de trozos de restos planteaban la posibilidad de un desastre en gran escala. Afortunadamente los restos cayeron al mar y en zonas despobladas al oeste de Australia. Así termino el vuelo de 140 millones de kilómetros de la nave espacial más perfeccionada de su época, que llevaba equipo por valor de muchos millones de dólares.
7 de septiembre de 2011
Venganza en las grandes llanuras

27 de junio de 2011
El hombre que vivía en una caja
Un lugarcito acogedor.
Para la mayoría de la gente, el pensar en vivir en una caja de apenas de
El “hogar” de Wortley parecía un carro remolque en miniatura. Salvo el techo, que tenía forma de arco y estaba hecho de metal, la caja estaba hecha de madera y se asentaba en cuatro ruedas pequeñas. Dentro tenía un viejo asiento de autobús, con un estribo para los pies, y varias repisas para acomodar alimentos y objetos personales.
No obstante las evidentes inconveniencias de un hogar tan pequeño, para Wortley tenía sus ventajas. En primer lugar, podía viajar en la extraña estructura de madera y metal por todo el país, deteniéndose en donde le pareciera. Al adoptar ese modo de vida, también podía evitar los indeseables contactos con el gobierno: como era independiente a ultranza, se negaba a pagar impuestos de ningún tipo, pero tampoco esperaba recibir dádivas ni pensión de ninguna especie. Wortley fue un hombre de ideas peculiares. Una de ellas era la profunda desconfianza que le inspiraban los cierres de cremallera; invariablemente se los quitaba a cualquier pantalón, ya que no le gustaba tener objetos dentados cerca de las partes sensibles del cuerpo.
Su lenguaje era excéntrico, pues sufría de asociación fonética: una palabra lo hacía recordar otra, por lo general desvinculada de ella, y su conversación daba giros extraños, de poco sentido para los demás.
Wortley pasó los últimos años de su vida como guardián de una solitaria quinta campestre. El hecho de tener un trabajo regular no lo hizo abandonar su estilo de vida: simplemente estacionó su caja en el fondo del jardín.
12 de abril de 2011
La muerte voladora

28 de marzo de 2011
Bebida Divina

10 de marzo de 2011
Tras la pista de una enfermedad asesina



6 de marzo de 2011
1665: La Gran Peste de Londres

17 de febrero de 2011
Un heroico sacrificio inútil
9 de febrero de 2011
Para alumbrar el mundo

24 de enero de 2011
Mundo Anillo

21 de diciembre de 2010
Corteza de cortezas
Un remedio legendarioSegún la leyenda, la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú, fue la primera europea curada del paludismo. Como cada acceso de fiebre y escalofrío la acercaba más a la muerte, el angustiado conde suplicó al médico de la corte que la salvara. Pero en 1638 el único remedio facultativo era practicar una sangría, lo que debilitaba más a la enferma. Su última carta fue recurrir a la medicina de los indígenas, quienes curaban la fiebre utilizando una poción hecha con la corteza de un árbol de los Andes.
La condesa sobrevivió al ataque de paludismo y, según nos cuenta la historia, llevó consigo el medicamento milagroso cuando regresó a Europa hacia 1640. Sea o no cierto el relato, el naturista sueco del siglo XVIII Carolus Linneo si lo creyó y bautizó a
la corteza con el nombre de Chinchona.Sin embargo, lo más probable es que hayan sido los jesuitas, y no la condesa, quienes llevaron a Europa la chinchona o quina. Cuando en el siglo XVI los jesuitas establecieron misiones en América, descubrieron que los indígenas curaban la fiebre. Enviaron unas muestras de corteza a Europa y ya hacia 1650 la embarcaban con regularidad. Uno de ellos fue Juan de Lugo.
Durante años, el hombre había buscado el origen de esta fiebre mortal. En una época se pensó que se originaba de los vapores malsanos que se elevaban de pantanos y marismas, de donde se derivó “malaria” aire malo. Pero no fue hasta 1880 que el francés Charles Laveran descubrió que la fiebre y los escalofríos agotadores, característicos de la enfermedad, eran causados por parásitos esparcidos por todo el mundo, aunque su mecanismo de transmisión la descubrió Sir Ronald Ross

El remedio a tal enfermedad, en vez de haber sido bien recibido, fue rechazado por la mayor parte de la Europa protestante del siglo XVII; se afirmaba que “la corteza de los jesuitas” era una conspiración papista. En Londres, los alborotadores llenaron las calles y propagaron el rumor de que dicha corteza era parte de una conspiración católica para exterminar el protestantismo. Incluso se llegó a afirmar que los jesuitas trataban de envenenar al rey. Mientras tanto, los médicos doctos desdeñaron el remedio, calificándolo de remedio casero.
El parlamentario inglés Oliver Cromwell, puritano, constituye un ejemplo del prejuicio en contra de los jesuitas, pues toda su vida padeció de ataques recurrentes de paludismo; finalmente, prefirió morir a causa de la enfermedad antes de tomar lo que llamaba “polvo del diablo”.
Pero apenas 20años después, Carlos II “el monarca risueño” de Inglaterra, no dudó en mandar llamar a un charlatán londinense, Robert Talbor, conocido entre los ricos por sus curaciones de paludismo. Talbor se mofaba de los jesuitas públicamente, mientras en secreto hacía sus preparaciones a base de la corteza de los jesuitas.
Talbor no solo curó de paludismo al rey, sino que fue nombrado caballero por sus esfuerzos y por orden del rey, convertido en miembro del prestigiado Real Colegio de Médicos. La reputación de Talbor se extendió al extranjero. En 1679 lo mandó llamar Luis XIV de Francia, cuyo hijo y heredero tenía paludismo. Después de curarlo, Talbor fue recompensado con una pensión vitalicia más 3,000 coronas de oro por la receta, que el rey prometió conservar en secreto mientras Talbor viviera. Al morir Talbor en 1681, el rey francés reveló la formula: 6 dracmas de hoja de rosal, 2 onzas de jugo de limón y una fuerte infusión de la corteza de los jesuitas administrada con vino. El vino era necesario, pues los alcaloides que contiene la corteza son insolubles con el agua, pero muy solubles con el alcohol.

Cuando la receta se hizo pública, la curación de los jesuitas fue finalmente aceptada por la ya ansiosa profesión médica.
Pasaron más de 100 años para que 2 médicos franceses, Joseph Pelletier y Joseph Caventou, aislaran en 1820 el alcaloide contenido en la corteza de los jesuitas, que es el agente curativo de esta. La llamaron quinina, derivada de la palabra quechua quinquina, “la corteza de cortezas”.





